Adiós para siempre, Estadio Azul, ¡adiós!

Por: Redacción Somos CDMX 23 Abr 2018

¡Sin llorar, amigos! Nos colamos con la afición celeste para decir “Adiós” al Estadio Azul, el coloso de la colonia Nochebuena, y esta es nuestra crónica


Adiós para siempre, Estadio Azul, ¡adiós!

Nos escapamos con toda la afición celeste para decir juntos “¡Adiós, Estadio Azul!” y así fue nuestra experiencia… ¡sin llorar!

No hubo llantos, ni dolorosas despedidas. Como buenos mexicanos, entonaron “Las golondrinas” mientras la escuadra celeste daba una suerte de vuelta olímpica al estadio, la última oportunidad que podrían hacerlo de frente a su afición en el lugar que fue su casa los últimos 22 años de su historia. Este legendario lugar, un templo al deporte y a la recreación que, como muchos espacios en CDMX, ahora está condenado a vivir en la memoria de quienes le conocieron… por lo menos, de aquí hasta que la generación más pequeña vuelva al polvo y entonces, morir con el último suspiro de quien le dijo “adiós” al Estadio Azul.

adiós Estadio Azul último partido

Familias procedentes de diversas partes de la ciudad -y del país- vinieron para despedirse del Estadio Azul. Foto: Abner Vélez Ortiz / Somos CDMX

Con una victoria y sin lágrimas, así se despidieron del Estadio Azul

Tres de la tarde del 21 de abril de 2018. Los ojos de la ciudad comienzan a voltear  al surponiente de la ciudad, no importa el encuentro deportivo que se llevará a cabo en este lugar entre Cruz Azul y Morelia, lo relevante es que se trata del último partido que vivirá la afición de la llamada “Máquina Celeste” tras 22 años de llamar “casa” al coloso de la Nochebuena, estadio en el que, por cierto, nunca conquistaron un título, pese a siempre destacar en cada torneo. La liebre siempre murió en cada intento.

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Camino sobre avenida Insurgentes y me llama la atención la presencia de cientos de niños. Es claro que, aunque las rivalidades florezcan en cada enfrentamiento, lo que podemos estar seguros es que el fútbol tiene el superpoder de unir familias, las mismas que desfilan a mi lado rumbo a la Tienda Oficial por su pin conmemorativo o para alcanzar a ver la llegada de los camiones sobre la calle Indianilla. Hay expectativa, hay emoción, pero no hay luto; me pregunto si es que están tan acostumbrados a la desilusión que la pérdida de este estadio no les causa conflicto alguno.

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Con porras y vítores, la afición recibió a La Máquina para su último partido. Los niños, los más emocionados. Foto: Abner Vélez Ortiz

Entonces, la verbena se detiene por unos segundos para convertirse en un verdadero recordatorio a las madres de los Monarcas. Un grupo de granaderos, que sorprenden por su amabilidad, rodean el acceso y levantan sus escudos para proteger a los jugadores purépechas quienes entraron al estadio con la ‘bendición’ de una afición que anhelaba verlos perder, lo que significaría alejarlos un poco de su pase a la liguilla del fútbol mexicano. Por un momento, estoy seguro que el entrenador de Monarcas, Roberto Hernández, hubiera deseado no estar ahí, no ser él, escapar. ¡Qué responsabilidad!, ¿darlo todo o darle el partido a un equipo condenado?

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¿Rivales? No, el fútbol demostró una vez más que une familias y crea nuevos amigos. Foto: Abner Vélez Ortiz / Somos CDMX

De nuevo el silencio reina sobre Indianilla y entonces, una explosión de paliacates azules y gritos llenan el espacio. A mi lado, tres generaciones —abuelo, padre e hijo— comienzan a gritar junto con todos a mi alrededor “Yo soy celeste, es un sentimiento que no morirá, olé, olé, olé, olé, olé, oh, olá, ¡cada día te quiero más!”. Niños sobre los hombros de sus padres saludan al camión que trasladó a la escuadra de la concentración al Estadio Azul. Eso sí, sin la presencia de Pedro Caixinha, suspendido dos partidos por “insultar soezmente a los Oficiales del partido”. Aunque sin cabeza, el equipo con 91 años de historia a cuestas sabe a lo que va… o eso parece.

Del fútbol americano, al soccer y a la moda

Todo está listo. Recorro por primera y última vez parte del emblemático Estadio Azul y cuesta trabajo imaginar que este complejo de 71 años en los próximos meses se convertirá en un nuevo centro comercial. Al ver su cancha, un viaje en el tiempo y la memoria de la ciudad me ayuda a imaginar esos partidos de fútbol americano donde el Politécnico y la UNAM se daban sus encuentros con otras escuelas y organizaciones. Porque sí, debes saber que este estadio no se pensó para el soccer, aunque al final de sus tiempos fue el santo al que se adoraba en este espacio deportivo.

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Los colores se portan con orgullo. Este niño nos pidió posar para la foto. Foto: Abner Vélez Ortiz

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Casi 17:00 horas y los jugadores entran a la cancha. A nadie le importa el equipo rival pero todos explotan de alegría cuando los jugadores del Cruz Azul entran a la zona de juego. Como ya es tradición, un niño les pide un juego limpio, todos aplauden, se saludan y una voz anuncia a los 11 guerreros que tienen a cuestas el deber de despedir a su equipo de casa como se debe. A todos se les aplaude por igual pero cuando nombran a Jesús Corona, portero y capitán, el Estadio Azul revienta de alegría. Es su orgullo, es el “Chuy” Corona, no cualquiera, es el ídolo. A lo lejos le gritan “¡te amo, “Chuy!”, mientras las porras comienzan a sonar por todo el lugar en el que, según cifras del personal del inmueble, se congregaron sólo esta vez, más de 27 mil almas —de las 36,681 que caben, muchas de ellas sin boleto o sin alcanzar a cubrir los $800 pesos que exigían los revendedores por el boleto más económico—.

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Así se puso la fiesta familiar en el Estadio Azul. Foto: Abner Vélez Ortiz

Poco después de la hora, el árbitro Erick Miranda Galindo inicia con el partido. No tuvimos que esperar mucho para que el primer tanto cayera en el minuto 10, cortesía del uruguayo Cauteruccio Martín. Nuevamente, el estadio explotó de alegría, a semejanza del rugir de bestias —con todo el respeto que la afición celeste se merece—, la piel se enchinaba de ver tanto gozo y algarabía desde las gradas que le pertenecen desde el 10 de agosto de 1996, cuando Carlos de Oliviera anotaría el primer gol de los Cementeros frente a Toros Neza. ¡Justo en la memoria!

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Se apostaba por la última victoria en casa. Esa era la plegaria que los seguidores elevaban a la cruz azul de sus escudos y que, milagrosamente fue contestada por Ángel Mena en el minuto 38 , quien levantó sus manos al cielo y dejó ver una playera blanca que decía “La gloria es de Cristo”. Hasta ese momento, no sabría que pasaría a la historia como quien anotaría el último gol en ese estadio.

Olé, olé, olé, ¡cada día te quiero más!

El segundo tiempo pasó sin pena ni gloria. Una ‘ola’ dio vuelta un par de veces por el estadio. Los vendedores, que no se cansaban de subir y bajar las estrechas escaleras para vender su productos, se limitaban a responder “no sé joven” cuando les preguntamos sobre el futuro de su trabajo una vez que el Estadio Azul cierre sus puertas para siempre; no es personal de planta en el inmueble que hasta ahora opera Ocesa. Parece que nadie quiere pensar en el futuro, parece. Y mientras esto sucedía, inexplicablemente nos vemos atraídos a unirnos a la porra general que estremece el lugar por 10 minutos hasta el silbido final, “olé, olé, olé, olé, oh, olá, ¡cada día te quiero más!” se gritaba por todo el estadio a voz de cuello.

Suenan “Las Golondrinas” en los altavoces del estadio. Una voz agradece a los aficionados celestes tanto amor, ¡qué incondicional amor! No hay llantos ni lamentos. Un audaz pasa frente a mi rodeado de sus amigos con un asiento pegado a él, un recuerdo que en su momento será invaluable. Se acabó la temporada para ellos nada más. Saben que la siguiente vez que se congreguen todos juntos será en el Estadio Azteca y ahí, en la casa de uno de sus máximos rivales, la Máquina volverá a sonar con todo su poder para silenciar hasta el más escéptico. “Lo van a salar”, dice un fanático de Monarcas, “pero para los otros”, le contestan con una certeza en los ojos que cualquiera envidiaría. Fe, tienen fe, y esa es justo la certeza de lo que no se ve, pero se espera.

Se apagan las luces, se acabó todo, señores. El soccer no volverá a ser jugado profesionalmente en este lugar que, por cierto, también fue casa del América, el Necaxa, Atlante y el desaparecido Club Marte —¿o Potros Marte Pegaso?—.

Adiós para siempre, Estadio Azul. Adiós.

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